31 jul. 2008

¿En subte o desde un avión se podrá entender el mapa ideológico?

Izquierda, derecha, progresismo, liberalismo y conservadurismo (Download Argentina .08 )



Caminando por las calles argentinas por estos días es muy difícil entender las coordenadas ideológicas. Tiempo atrás, la explicación de esta dificultad era el amplio abanico ideológico que cubría el peronismo y así se miraba en este fenómeno la inexistencia de un sistema de partidos al estilo de los países desarrollados, ubicados a la izquierda y a la derecha de un continuum. También están quienes agregaron que ese esquema es anacrónico y que hay políticas aisladas que no necesariamente se encuadran en uno u otro lado de la línea ideológica.



Aún acordando con las diferencias entre un sistema de alineamientos ideológicos anteriores a la caída del muro de Berlín, aceptando que hay políticas que son captadas por ambas posiciones por ser políticamente correctas y que el peronismo agrega complejidad en nuestro país al entendimiento de la acción de los partidos, hay mas que eso.

Presenciamos un enloquecimiento anunciado del mapa partidario. Aunque nos acostumbramos, lo entendemos después de sufrir la decisión de votar, si tenemos que explicarlo a un extranjero volvemos a sentir la irracionalidad a la que nos hemos habituado.



El visitante, deslumbrado por las protestas sostenidas durantes la primera mitad del año, camina por el centro de Córdoba y hace preguntas difíciles de responder brevemente. ¿La izquierda no apoya la redistribución del ingreso ( y apoya al campo)? ¿La derecha exige mayor intervención del estado nacional (léase, salvación a la caja)? ¿Los representantes de una línea conservadora y protectora del status quo de sectores poderosos (léase el campo) subvierten el orden recortando derechos adquiridos de trabajadores? ¿los miembros de un partido a nivel provincial van a elecciones aliados con la formación nacional, que, a su vez, apoya a candidatos de otra agrupación en el mismo lugar?¿El progresismo (nacional) no cuida la práctica republicana de no discrecionalidad en la distribución de recursos?¿El neoliberalismo ( provincial) hace la misma cosa? ¿Ambas alineaciones ofrecen discursos de ética y moral, cuasi religiosa?



Imagino que quizás viajando en subterráneo podríamos entender las estructuras que no están a la vista de las relaciones políticas, lealtades personales que explican las alineaciones. Fulana está sostenido por Mengana y por eso opina contrariamente a su partido. Trabaja como legisladora pero vota en otro sentido. O un Fulano elegido para ser del poder legislativo, pero con un pedido de licencia pasó a ser parte del ejecutivo, aunque ¡zas! cuando es necesario lo piden en su antiguo puesto de trabajo. Y según vemos en estos días, el ida y vuelta no cesa. Parece que serán legisladores solo por un día.



Un paseo aéreo ( y dependiendo cual sea la línea de transporte!) también sería ilustrativo para obtener una visión panorámica de los territorios, sus pobrezas y riquezas, sus necesidades básicas y las obras de infraestructura indispensables y en algunos lugares, escasas.



La volatilidad de los alineamientos partidarios es tema de serios estudios universitarios desde hace tiempo pero ya se hace descarnadamente palpable en los debates de la vida cotidiana.



Supongamos una votante (A) que integra entre sus preferencias políticas los siguientes valores: defensa de los derechos humanos, intervención estatal para lograr equidad distributiva tanto entre personas como entre provincias y transparencia en las políticas. ¿A quien debería votar en elecciones de diputados en Córdoba en 2009 y en elecciones de gobernador y presidente en 2011? Y la misma pregunta corre para aquel votante (B) para quien la seguridad jurídica, los menores impuestos y el denominado federalismo son las prioridades.



Estos ciudadanos cordobeses tendrán dos opciones. La primera y mas costosa, es tomar un curso de historia de los partidos políticos y otro de teoría política para tomar una decisión informada. La segunda opción, probablemente las mas extendida, será votar según sus algunas pocas impresiones personales relacionadas con la simpatía o humildad o carisma de los y las candidatas. Es decir, un voto peligroso, que ata las políticas del futuro gobierno a las impresiones que el marketing instala. ¿Podremos aprender de las lecciones del campo, del recorte a las jubilaciones, que tenemos que preguntar antes de votar y controlar el cumplimiento y no sorprendernos una vez que ya los elegimos? Exijamos planes. Como si nos fuéramos a casar. Uno no se compromete con quien le causa simpatía pero con quien no comparte un plan de vida, de acción, no? Y( si lo hace, los resultado son inciertos)

Para quienes pretendemos una democracia previsible, coherente que nos permita elegir representantes de nuestras prioridades, la situación exige cambios. Podríamos llamar estos cambios con el genérco nombre de reforma política. O como sea. Pero insistamos, mientras tanto, explicitando las deficiencias, reconociendo la esquizofrenia del mapa ideológico partidario. Lo que tenemos no es lo único a lo que podemos aspirar.Me resisto a la resignación del 'es lo que hay'.

Hay posibilidades reales de vivir mejor, elegir lo que se quiere y manifestar coherentemente las preferencias. Ciertamente, necesitamos discutir por cuanto tiempo seguiremos así.


Valeria Brusco

2 jul. 2008

'Yo soy apolitico'

El auge del ciudadano 'apolitico'

El ciudadano apolítico es político y todavía más que el político. Pero no lo reconoce, o lo que es peor: no lo sabe. Se aparta de cualquier filiación partidaria agitando la bandera Argentina. Aún votando lo hace a disgusto y enseguida que vota se arrepiente. Si por él fuera el voto sería calificado. Y él se incluiría como votante. Habla con desprecio de los políticos; y aún más de quienes están en funciones públicas. Y proclama que ningún gobierno le dio nada y que es más lo que le quitan. Es proclive a creer en cualquier dicho o rumor que descalifique a un gobernante o lo acuse de corrupto. El ciudadano apolítico repite frases como que “los que no trabajan es porque no quieren”. “Los sindicalistas son una manga de ladrones”. o “ Aquí lo que hace falta es disciplina”. Extraña el orden de las dictaduras. Y no entiende que haya que esclarecer tragedias del pasado. El ciudadano apolítico se horroriza más por la inseguridad que por el origen social que la provoca. Se aterra más ante un delincuente morocho que ante uno rubio. Aún siendo él morocho. Podría aplaudir un linchamiento sin juez, solo por sospechar del ajusticiado. Reniega de los fallos que no condenen a cadena perpetua y desprecia a los abogados defensores. Le atraen los líderes episódicos que enfrentan al poder público con rigor cívico; así como los líderes populares le parecen ramplones.
Cree en Dios, pero descree de quienes creen en otros dioses, o no creen. Pregona no tener prejuicios contra nadie salvo contra los que se los merecen. Piensa que hay demasiada inmigración que no es la apropiada. Considera también inapropiados a los homosexuales, travestis y prostitutas. Sólo sale a la calle cíclicamente por arrebatos que él llama espontáneos, aunque se autoconvoque con intención por cadena de Internet o por teléfono. Nunca esos arrebatos expresan demandas laborales y nunca coinciden con los trabajadores. Siente placer en demostrar descontento público. Y que esa demostración luzca diferente a las otras marchas de gente heterogénea y desordenada a la que traen de cualquier parte. Por eso protesta por el barrio; para que al lado suyo estén otros como él: no distintos. Cree no estar ideologizado: no comprende que su apoliticismo es ya una ideología. Solo sabe quienes son los enemigos: llevan la marca en el orillo: siempre hablan de la desigualdad y la pobreza. Está seguro que el país sería mejor sin políticos, sin vagos , sin delincuentes, y sin razas indeseables. Pero no explica cómo lo conseguiría y quien estaría a cargo del diseño. Acaso imagina un gran gerente nórdico, y un gabinete de técnicos impolutos que gobernaran con un barbijo. El ciudadano apolítico presume estar en una posición neutra en el centro perfecto. Pero está a la derecha.

Por Orlando Barone